Como si se tratara de la creación de un nuevo y
rudimentario sistema universal totalmente sincronizado consigo mismo, el Señor
comienza a martillar con un mazo tan sólido como la existencia a elementos
chispeantes que se niegan con relativo éxito a los mandatos prepotentes del
brazo del creador. Silencia a cada golpe centelleante los murmullos
conspirativos de aquellas lenguas danzantes de fuego escupidas por las brasas.
Resolviendo
enigmas abstractos en diagramas eternos, el todopoderoso por fin da forma a su
entorno en láminas arquitectónicas infinitas. Materializando con teorías
imposibles y fuerza bruta aquella creación que lo hará eterno.
Un
ínfimo instante después, él se muestra agotado aunque satisfecho con su labor.
Totalmente engrasado y con restos de carbón en cada centímetro de su piel,
llama a Pedro con un grito seco mientras se acomoda los guantes de herrero que
lo protegieron en el proceso.
-¡Pedro! ¡Ya terminé mi genial obra! –Lo llama excitado.
Llega
el guardián asombrado de lo poco que tardo.
-¡Que rapidez, Señor! Veo que se esforzó
por hacer algo que deje su marca en la tierra.
-¡SI! ¡Mirá! –Ansioso, arrastra de un tirón la sábana blanca que
escondía su gran invención.
-Eh…
eso ya lo hizo –Dice Pedro sin tapujos y totalmente desilusionado apenas
descubre lo que había debajo de los trapos.
-¡¿Como que ya lo hice?! –Lo cuestiona prepotente.
-Sí, ya lo hizo, y la verdad que no funcionó del todo bien. No es malo pero
tampoco es de los mejorcitos. –Aclara desganado. -Creo que el título de
“mediocre” le encajaría a la perfección.
La
criatura que había diseñado el Señor era una especie de prototipo tosco de un
Homo Sapiens macho materializado en arcilla.
-¡Uuh…! Me había olvidado de esta invención. Bueno, no importa. –Sin
previo aviso aplasta de un martillazo a aquella obra. Los millones de pedazos
quedan desparramados por el piso. -¡¡¡De vuelta al taller!!!
El
Señor se retira entusiasmado por poner a prueba nuevamente sus habilidades
mientras Pedro se queda inmóvil, mirando fijo el montículo de escombros que, a
partir de ese momento, el tendrá que limpiar con una simple escoba.
Sin
importarle el malestar de Pedro, el todopoderoso se desconecta de su realidad nuevamente
usando una gran olla de cobre con los desperfectos más precisos que le dan su
fabricación manual. Fabricación que la hace única entre todas. La olla,
reposando sobre un constante e inofensivo fuego naranja que ilumina suavemente
cada curva del rostro del creador, es revuelta lentamente por él. Acaricia
suavemente el mango del fino cucharon de madera en cada movimiento. Cada vez se
hunde más y más en la sustancia melosa.
El
universo perdió total aceleración y prevalece la quietud. El Señor mezcla
sensaciones con sentimientos. Los condimenta con especias que se deslizan por
sus manos como ínfimos diamantes que centellean en cada movimiento giratorio. Y
como arte de magia, remueve del caldo una gran masa tentadora como caramelo
fundido que abraza al cucharon de una manera firme y segura. Si no fuera por
las intenciones de su creador, permanecerían unidos así por siempre.
Un
momento después, el Señor demuestra ese tipo de cansancio en el que se está totalmente
relajado por el mismo agotamiento. Se acerca lentamente al último lugar donde
dejo a Pedro juntando los escombros. Lleva puesto un delantal de chef con
voladitos y un guante aislante floreado que no solo cubre sus manos sino que
además lo usa para secar el sudor de su frente.
-¡Ya está! Como ves, esta será mi próxima creación que revolucionara al
mundo… y al ¡HOMBRE! –Dice mientras Pedro, muy cansado, sigue juntando cada
trozo de la invención anterior.
-¿Si? ¿Revolucionara al hombre? ¡Ja!… ¿no será la mujer, no? –Sonriendo
por el absurdo de su comentario.
-¡No, no es esa tal “mujer”, Pedro! –Responde serio. -¡MIRÁ!
El
Señor retira la sabana abruptamente y descubre la obra. Pedro tiene gran
expectativa por lo que va a ver pero se desilusiona otra vez. Su rostro expresa
cada palabra que esta por decir.
-Ejem… Señor, esa es la mujer.
-¿Si? ¿Estás seguro?
El
Señor había creado a un Homo Sapiens hembra. Tambien en arcilla.
-Sí, -sigue Pedro- y digamos que no fue mejor creación que la del hombre,
aunque si lo revolucionó.
-¡Aaah…!
–se sorprende- ¿y no podría mandarla igual? ¡Le agrego cualquier cosa! Una
cola, un par de alitas, cuernitos, y ¡listo! Fin del problema.
-¿Le parece Señor? –lo mira fijo con un hartazgo agotador.
-¡NO! ¡No me parece! ¡Yo puedo superarme! ¡Yo puedo hacer algo más
grande todavía! –Exclama en puntas de pie y con sus brazos abiertos para
demostrar su grandioso ímpetu. Y sin más destroza con el mismo martillo usado
anteriormente al prototipo de mujer. A Pedro no le queda otra opción que barrer
nuevamente los restos de humanidad desparramados por el suelo.
Esta
vez el Señor pone todo de sí para que al fin pueda concretar su objetivo.
Muchas veces lo más simple es lo más efectivo y es por esto que recurre a
viejos hábitos.
Poniéndose
unas gafas transparentes para proteger sus ojos, el todopoderoso recoge unas tijeras con puntas redondeadas. Comienza
a tajear cada pedazo de papel, tela y cartón que encuentra. Usa el filo metálico
como única herramienta para descuartizar los elementos que compondrán la vida
que cambiara el equilibrio de la balanza universal.
Utilizando
su lengua para equiparar el eje horizontal de su rostro, el creador cierra un
ojo para medir las proporciones áureas de cada elemento de esta criatura. Cada uno
de los pedacitos recortados es fusionado en un charco primordial de cola
adhesiva para unirse en algo más ¡GRANDE! Finalmente usa crayones de colores
para crear unas tramas que lo camuflaran de sus depredadores. La brillantina
será empleada como escamas impenetrables. Y un lápiz negro dibujara cada rasgo
que definirá su estructura facial para que exprese sus mayores pesares en la
tierra.
Una
eternidad después, Pedro aparece con una nueva carpeta de cartón llena de
hojas. Se acerca al Señor mientras lee atentamente su archivo y nota que el
creador se encuentra recostado en su sillón mirando la magnífica pantalla. Antes
de que pueda abrir la boca su jefe se levanta rápidamente mostrando todas las
secuelas que le dejo su última creación. Un lápiz pegado a su frente, sus ojos al
resguardo de sus gafas transparentes, sus dedos envueltos en banditas para
esconder los fatales errores de cálculo y un pecho hinchado de orgullo y
brillantina que están listos para enfrentar cualquier cuestionamiento.
-¡Por fin terminó! –Se queja. -Estuvo demasiado tiempo encerrado en su
taller. Pensé que no iba a salir nunca más.
-¡Ja! Es que esta vez sí que es la mejor de mis creaciones. Te juro que
casi no lo logro, ¡eh! –Bromea guiñando un ojo.
-Sí, le creo –dice indiferente- ¿Me
deja verlo así tramito su descenso?
-¡Por supuesto!
Y
de un solo movimiento fugaz le entrega a Pedro una hoja de papel remendada que
sostiene un pobre collage de la nueva criatura. En él promete unir cuerpo y
alma con pegamento de cola. En esa maraña apenas se deduce que es un animal. Además,
a falta de nuevas ideas, pareciera que el Señor utilizo pedazos de otras
bestias para terminar de armar la estructura fundamental de su creación.
El
guardián no puede dejar de mirar tal
aberración. Sin embargo sabía que ese había sido el último y mejor intento del
Señor en hacer algo nuevo que termine de completar el proceso existencial del
universo. Aunque no puede creer que sea tan
inepto, ese pedazo de fibra vegetal lo demostraba.
-¿Te gusto Pedrito? -Expectante.
-¡Es Herrrrrmoso Señor! –Irónico. Y sin mirarlo a la cara se lleva la
pequeña “obra de arte” para darle vida.
-¡Sabía que no había perdido mi “toque”! –Se alaga mientras lanza
golpes al aire como si fuera un boxeador próximo a conseguir la victoria.
Continuara...







